Reflexiones para los Dramas

Artículo propio que salió en la Prensa Literaria, versión impresa página 8 o online: http://www-ni.laprensa.com.ni/2011/04/02/suplemento/la-prensa-literaria/4484

“La tierra no conoce los caminos por los que a diario anda.Y más bien esos caminos son la conciencia de la tierra”. Alfonso Cortés

Por Mick Sarria

Cuando el alma del público ha reventado, se ha expandido en manifestaciones sensoriales y emotivas, es señal de que el actor como fin preciso y síntesis dramática ha convertido el espacio de creación en un circulo rítmico y caótico del cosmo.

Muchas veces como actores nos enfrentamos al eterno conflicto entre técnica y necesidad emocional. ¿Cómo tocar la esencia y el contenido de la memoria colectiva? ¿Cómo aprender a ser constructores del ahora escénico? Debemos, como actores, escuchar la voz de nuestro cuerpo, escuchar la historia de nuestro cuerpo. Escuchar de dónde viene y hacia dónde quiere ir el impulso que nace de algún rincón de nuestro ser, el cual se dispone a dar un recorrido por el espacio de creación.

¿Por qué este impulso da este recorrido, este movimiento por el espacio? ¿Qué ha sucedido, qué nos ha sucedido, qué nos cuenta nuestra memoria afectiva? ¿Qué rincón de nuestro cuerpo “recuerda” un abuso, una injusticia, o una profunda alegría que nuestra memoria mental aún no termina de reconocer o registrar? Son estos “recuerdos corporales” los que nos dan el motivo para hacer de este impulso una interpretación en el espacio de creación.

Aparece el momento de encontrarnos con nuestra historia corporal, de encontrarnos con la conciencia de nuestra naturaleza, con el espacio y con la sinceridad de actuar. Un actor es sincero cuando decide expandir su “intensidad íntima” convirtiéndola en una caótica forma de construir conocimiento entre él y el espectador. El resultado: una actuación sincera.

El actor debe despejarse de saturaciones morales ya que esto es sinónimo de ceguera y sordera. La saturación moral estanca la sensibilidad sensorial del actor, le quita oxígeno a la necesidad emocional. En vez de presentar un personaje más, siendo ya un actor en la sociedad, el actor debería presentar un “ser”. Para eso no hay necesidad de aprender a actuar, sino aprender a “ser”.

Es necesario que el actor y el “vacío” se encuentren, se enfrenten. Es en este punto donde el actor debe construir la verdadera armonía entre técnica y necesidad emocional. Dado este encuentro la sensibilidad sensorial y emocional del actor se hace evidente en su fuerza oculta, baja o alta, pero ambas con intensidad. Esto lo llevará a la construcción de un efecto estético único. Por ende el recorrido del actor por el espacio de creación debe ser diseñado y reflexionado, él debe hacer un trabajo de asimilación tomando como referente una unidad a seguir que puede expandirse o minimizarse, contrastarse o repetirse pero jamás saldrá de la armonía y el equilibrio de la acción creativa y escénica.

Antes de llegar al texto la dramaturgia ya existía. Para poder construir una dramaturgia del cuerpo el actor debe aprender a sentir las imágenes, ver el ruido y el sonido, escuchar lo que lo envuelve, dándole una interpretación y énfasis con su cuerpo ya que es el cuerpo del actor el mayor resonador del espectáculo. Además, el trabajo del actor debe ir más allá de límites políticos y geográficos ya que antropológicamente el trabajo del actor puede reencontrar en este contexto del humano moderno, elementos espirituales olvidados de mundos ancestrales.

La esencia del ser del teatro es el actor, él le da vida junto con el personaje a la escena misma. El personaje dramático es un personaje vivo, vivo en la carne del actor. Un actor que sin dejar de ser él, se convierte en otro, que desde el escenario conmueve al espectador. La actuación es como un viento de violines, de dolores, de amores, de risas o llantos, que toca la sensibilidad emotiva del espectador, pero que sobre todo lo hace pensar, reaccionar. No hagamos un teatro vestido de luces y decorados bonitos, no despreciemos al público con jarabes escénicos. Levantemos la bandera del Teatro desde la isla de la fantasía, desde la magia en llama encendida, unamos fantasía a magia para imaginar, para crear, para proponer que el hombre se puede reconstruir, que existe otra forma de ver el mundo y la vida, que aún nos queda la esperanza.

El actor no es un monumento expuesto para la diversión estéril de memorias públicas.

El actor no es un personaje gracioso que dicta discursos complacientes.

El actor es desde su dramaturgia, desde su partitura de acciones, el constructor del ahora escénico.

Ver en la versión impresa las paginas: 8
Foto cortesía Julienne Weegels
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